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Parte 7. De inevitables hormonas
adolescentes a decisiones inmaduras de pre-universitarios.
Cuando
Kenma sintió la rugosa lengua de su amigo pasearse por su nuca, notó un
escalofrío recorrerle el cuerpo entero, y la piel se le erizó al instante. Por
si fuera poco, el sonido de un jadeo había vibrado en sus labios, y las
mejillas le ardían cual brazas de fuego. O algo así.
—
Kuroo, ¿qué estás haciendo?
—
Lamerte.
—
Detente, eso no… — Otra lamida, esa vez trazando el camino que inicia en su
espina dorsal, le hizo temblar de pies a cabeza y el jadeo que dejó libre fue
incluso más alto que el anterior… — Ng, Kuroo.