Capítulo 10. Para celos de bestia, un empujoncito sin
tregua
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El "así que" se queda en el aire.
Midorima está en blanco, no sabe qué más decir. O quizá lo sepa pero no quiere
decirlo. Lo que sea, las palabras han muerto en su boca y se han esfumado de su
pensamiento inmediato. Takao le sostiene la mirada, sus ojos negros lucen
molestos, ansiosos, desesperados. Midorima presiente que probablemente ha
desatado la ira en el más bajo.
– Así que… – Takao repite, está instándole a
continuar porque él necesita que lo haga. Necesita saber qué hay en la cabeza
del ojiverde o terminará golpeándole su atractiva cara de limón amargado. Una
sonrisita escapa de sus labios ante su último pensamiento, al prodigio aquello
le confunde y le pone de mal humor.
– ¿En qué mierda estás pensando, imbécil?